Hace unos días empecé una tarea bastante mecánica: exportar, una por una, conversaciones antiguas de WhatsApp.
No lo estaba haciendo por nostalgia. Desde hace unas semanas estoy construyendo algo que he llamado «Mi Cerebro»: un sistema personal y privado que combina memoria e inteligencia artificial. Estoy reuniendo fragmentos dispersos de mi vida para intentar reconstruir mi historia y poder hacerle preguntas.
Todavía está en construcción y creo que merece que lo cuente bien en otro momento. Por ahora basta con decir que las conversaciones de WhatsApp son una de las fuentes que quiero incorporar.
No hay una forma automática de hacerlo. Tiene que ser desde el teléfono, entrando en cada conversación y repitiendo el mismo proceso.
Pero la lentitud no era la parte que me preocupaba.
Mientras avanzaba, pensé en las personas que ya no están en mi vida y que, en otro momento, significaron algo para mí. Sabía que dentro de aquellos archivos había frases, fechas y conversaciones que llevaba años sin leer.
No sabía si quería abrir esa puerta. Temía que encontrarme de nuevo con ciertos mensajes despertara sensaciones que no tenía ninguna necesidad de remover.
Lo que no ocurrió
Al final abrí algunas conversaciones y leí pequeños fragmentos.
Recordé cosas con cariño. Algunos mensajes me hicieron gracia. En otros reconocí inmediatamente el momento al que pertenecían.
Y poco más.
No apareció la sacudida que había imaginado. El pasado no volvió de golpe ni sentí que aquellas conversaciones me arrastraran otra vez hacia él.
Lo que apareció fue algo más extraño: reconocía los mensajes, pero ya no terminaba de reconocerme en la persona que los había escrito.
Mis palabras seguían allí
Veía frases que había escrito yo. Sabía que eran mías. Reconocía mi forma de hablar, algunas bromas y la situación que había alrededor.
Sin embargo, ya no me veía reflejado del todo en ellas.
Aquel también era yo, por supuesto. No creo que esos mensajes fueran falsos ni que ahora pueda juzgarlos desde una especie de versión definitiva de mí mismo.
Simplemente pertenecían a alguien que todavía no había vivido todo lo que ocurrió después.
Puedo entender por qué escribía ciertas cosas. Puedo recordar lo que sentía. Pero ya no puedo volver a ocupar exactamente aquel lugar.
También habrán cambiado las personas que estaban al otro lado. No sé de qué manera, y esas conversaciones no me permiten saberlo. Lo único que podía observar con claridad era mi propia distancia.
Recordar algo con cariño no se parecía a querer regresar. Era más sencillo: reconocer que existió, que tuvo importancia y que ahora pertenece a otro momento.
Casi diez años
En una de aquellas conversaciones apareció una historia que mi cabeza seguía guardando como algo relativamente cercano.
Entonces miré la fecha: 2016 o 2017.
Habían pasado casi diez años.
Me costó encajar las dos cosas. La fecha era evidente, pero mi memoria insistía en colocar aquella etapa mucho más cerca.
Supongo que el tiempo no ocupa el mismo espacio en un calendario que en la cabeza. Hay historias de hace una década que siguen pareciendo cercanas.
Los mensajes, en cambio, no comparten esa confusión. La fecha sigue ahí. Las palabras permanecen en el mismo orden. Quien vuelve a ellas es quien ha cambiado.
Quizá lo que me sorprendió no fue descubrir cuánto tiempo había pasado, sino cuánto de mí había ocurrido durante ese tiempo.
Guardar sin volver
Empecé a exportar aquellas conversaciones pensando en lo que podían aportar a ese sistema que estoy construyendo. Creía que estaba guardando recuerdos, etapas y relaciones.
Al leerlas descubrí que también estaba guardando versiones anteriores de mí.
Una conversación antigua no es un retrato actual de quienes aparecen en ella. Es el registro de un instante en el que todos éramos de una manera que ya no existe exactamente igual.
Eso no le quita valor. Quizá se lo da de otra forma.
Ahora pienso en los mensajes que escribo hoy y me pregunto qué ocurrirá si vuelvo a leerlos dentro de otros diez años. Tal vez reconozca las circunstancias, las palabras y hasta la intención, pero vuelva a sentir esa pequeña distancia con quien las escribió.
No sé si cambiar consiste en dejar atrás a la persona que fuimos o en aprender a mirarla desde un lugar nuevo.
De momento sigo exportando conversaciones, una por una.
Algunas me devuelven recuerdos cercanos. Otras parecen escritas por alguien que lleva mi nombre, pero al que ya no termino de reconocer.
Todas forman parte de mi historia, aunque ya no todas hablen por quien soy hoy.
