
El viaje terminó, pero hay noches que no han vuelto conmigo.
Escribo esto desde mi ático en Barcelona, con el zumbido constante de la ciudad de fondo, pero una parte de mí sigue en una tienda de campaña mal montada a orillas del lago Mburo. Este no ha sido un viaje más. No ha sido una simple colección de postales para Instagram, aunque lo intenté antes de que el país se apagara. Ha sido un ejercicio de contrastes: entre la expectativa y la realidad, entre la seguridad y el peligro, y entre la necesidad de control y la aceptación de lo imprevisible.
África tiene una forma peculiar de colocarte en tu sitio: de hacerte sentir pequeño frente al paisaje y consciente del peso real de las cosas importantes.
He viajado con mi padre, compartiendo veinticuatro horas diarias dentro de un Toyota RAV4, atravesando un país que desafía la lógica occidental. Y ahora, al mirar atrás, me doy cuenta de que lo que me he traído de vuelta no son solo fotos, sino una serie de certezas incómodas y momentos de una belleza cruda que no aparecen en las guías.
El caos como terapia
Al principio, conducir por la izquierda en lo que definí como el “salvaje oeste” parecía una receta para el desastre. No hay leyes, o si las hay, son sugerencias. Motos, furgonetas, gente vendiendo mangos en los arcenes: todo está ocupado, todo se mueve.
Pero ocurrió algo curioso. La ansiedad desapareció.
En Europa vivimos encorsetados por normas. Si te saltas un stop, multa; si vas rápido, multa. Aquí, la conducción es instintiva, casi animal. Tienes que fluir con el entorno. Paradójicamente, me sentí menos ansioso conduciendo en ese caos sin ley que en las ordenadas carreteras de España. Hay un cierto orden en el desorden, una lección de adaptabilidad que espero no olvidar al volver a mi rutina optimizada.
La noche del hipopótamo

Si tuviera que elegir una sola imagen de estas dos semanas, no sería la de los grandes primates por los que pagamos cientos de dólares. Sería la oscuridad absoluta de nuestra tercera noche.
Por pura ignorancia, acampamos en una zona del parque nacional que creíamos oficial, pero que resultó no serlo. No había vallas, ni rangers armados, ni otros turistas. Solo nosotros y la noche. Cenamos fuera de la tienda y, de repente, escuchamos algo. Al encender la linterna, ahí estaba: un hipopótamo a menos de diez metros, saliendo del agua.
Más tarde, desde dentro de la tela fina de la tienda, lo escuché pastar justo a nuestro lado. Podía oír su respiración, sus pasos pesados. Sabía que son animales peligrosos, capaces de aplastarte sin esfuerzo, pero no sentí terror. Sentí respeto. Él estaba en lo suyo; nosotros, en lo nuestro.
Esa noche “ilegal” fue la mejor del viaje porque fue real. No había barreras artificiales entre la naturaleza y nosotros.
La decepción de los gorilas y la verdad de los chimpancés
Tenía muchas expectativas puestas en los gorilas de montaña en Bwindi, pero la experiencia me dejó un sabor agridulce. Al llegar allí me encontré con lo que solo puedo describir como un circo: turistas gritando, riéndose, gente poco preparada resbalando por el barro. Había incluso una señora de setenta y nueve años caminando casi descalza.
Cuando finalmente encontramos a los gorilas, mi primera sensación fue de pena. Estaban allí, tumbados, intentando descansar, mientras nosotros los rodeábamos. Los rangers cortaban las ramas que les daban sombra para que pudiéramos sacar mejores fotos. Un espalda plateada nos hizo una carga, molesto, y la gente se rió.
No entendían que estábamos invadiendo su casa. Que son animales salvajes capaces de partirte en dos.
Me sentí cómplice de esa intrusión. Entiendo que este turismo es el precio que pagan los gorilas para no extinguirse, para que su hábitat no se convierta en cultivos, pero la falta de respeto fue palpable.
El contraste con los chimpancés en Kibale fue abismal. Allí no fuimos espectadores estáticos; fuimos parte del movimiento. Caminamos con ellos, a su ritmo rápido, moviéndonos entre los árboles. No les molestábamos, simplemente compartíamos el camino. Esa dinámica, más natural y menos forzada, fue infinitamente superior.
Conexiones inesperadas y el apagón
A mitad del viaje, Uganda se apagó. El gobierno cortó internet por las elecciones. De repente, el mundo exterior desapareció por completo. Para mí fue una desconexión casi limpia, pero para mi madre fue, probablemente, el momento más duro del viaje: no sabía nada de mí y no tenía a nadie a quien contactar.
Sin Google Maps online, tuvimos que confiar en los mapas descargados y en la intuición. Y gracias a esa libertad de explorar sin rumbo fijo, encontramos lo increíble: leones trepadores durmiendo sobre cactus gigantes. Sin guías, sin otros coches. Solo nosotros y el descubrimiento.
Pero la conexión más genuina no fue con la fauna, sino con la gente. Un día, en Rukungiri, nos unimos espontáneamente a unas mujeres que cosechaban mijo. No hablábamos el mismo idioma, pero nos dieron herramientas y trabajamos juntos entre risas. Los niños aparecían de la nada y nos seguían en silencio.

Fue un momento de humanidad compartida que valió más que cualquier actividad programada. Me recordó que las mejores experiencias no se pueden reservar ni pagar.
La fragilidad de la seguridad
El viaje terminó con una nota discordante que me ha hecho reflexionar mucho. Pasamos dos semanas durmiendo junto a la frontera del Congo, rodeados de animales salvajes, en un país bajo un régimen autoritario y con militares en las calles. Y nos sentimos seguros.
Sin embargo, al aterrizar en España, la realidad nos golpeó. Un accidente de tren en la línea que mi padre debía tomar, con muertos y heridos. Una ironía brutal: sobrevivimos a la “peligrosa” África para encontrarnos el peligro real en la rutina de casa, en el trayecto de siempre.
Vuelvo a Barcelona con la piel llena de polvo rojo y la mente un poco más despejada. Uganda me ha enseñado que la seguridad es una ilusión y que el control está sobrevalorado.
Me llevo el sonido de aquel hipopótamo pastando en la oscuridad y la certeza de que, a veces, hay que salirse del camino marcado y de la cobertura móvil para ver lo que realmente importa.
Desde entonces, cuando todo hace ruido, pienso en esa noche sin vallas, sin señal y sin certezas. Y bajo un poco el volumen.