Si repaso las cosas que he construido a lo largo de los años, hay una parte de mi historia que es fácil dejar fuera.
Solemos contar los proyectos que salieron bien. Los que siguen vivos. Los que crecieron, encontraron usuarios o acabaron formando parte de nuestro trabajo.
Yo también he construido proyectos que no llegaron a convertirse en lo que imaginábamos.
Algunos tenían nombre, dominio y plan de negocio. Otros llegaron a publicarse. Incluso hubo alguno con alumnado e ingresos reales.
Y, aun así, terminaron desapareciendo.
Durante mucho tiempo los he colocado mentalmente en la carpeta de los fracasos. Pero, al mirarlos ahora con cierta distancia, esa palabra se me queda pequeña.
No porque en realidad fueran éxitos secretos. Queríamos que funcionaran y no funcionaron como esperábamos.
Pero tampoco se fueron con las manos vacías.
LeadPost: construir no era lo más difícil
En 2013, cuando estaba terminando la universidad, tres arquitectos con los que había coincidido en un proyecto me propusieron crear una plataforma sobre arquitectura.
La idea era construir una especie de biblioteca seleccionada. En lugar de intentar reunir todo lo que se publicaba, escogeríamos cada día los mejores proyectos y artículos, los resumiríamos y ayudaríamos a los arquitectos a descubrir rápidamente aquello que merecía la pena.
El proyecto se llamaba LeadPost.
Yo acepté aunque todavía no sabía construir la plataforma que estábamos imaginando.
Eso me obligó a aprender desarrollo web mientras desarrollaba un producto real. No había un ejercicio con una solución al final del libro. Había servidores, bases de datos, cuentas de usuario, correos, estimaciones y un equipo esperando que aquello funcionara.
Y llegó a funcionar.
Construimos la plataforma, preparamos dosieres, materiales comerciales y un plan de negocio. Incluso aproveché el trabajo como proyecto final de carrera.
Pero habíamos resuelto solo una parte.
El software podía seleccionar y mostrar contenidos. Lo que no podía hacer por nosotros era encontrar esos contenidos todos los días, resumirlos, distribuirlos y conseguir que una comunidad regresara continuamente.
Habíamos construido una plataforma que necesitaba un trabajo editorial constante para seguir respirando. No conseguimos sostenerlo y LeadPost terminó abandonándose.
En aquel momento yo pensaba que construir el producto era el gran obstáculo. LeadPost me enseñó que un producto terminado puede ser apenas el comienzo del problema.
Como empresa, no llegó a ninguna parte. Pero para mí fue el proyecto que me obligó a aprender desarrollo web de verdad.
El proyecto terminó. Lo que aprendí construyéndolo se quedó.
Meetgram: publicar una aplicación no crea una empresa
Dos años después, durante un máster de desarrollo móvil, participé en otro proyecto con una ambición parecida.
Se llamaba Meetgram y mezclaba mensajería instantánea con la posibilidad de crear y compartir planes. La idea no era entregarlo, recibir una nota y olvidarnos. Queríamos continuar después del máster y convertirlo en una startup.
Esta vez no nos quedamos en una presentación.
Hicimos reuniones, mostramos capturas, hablamos públicamente del lanzamiento, preparamos la ficha de Google Play y seguimos corrigiendo errores y publicando versiones.
La aplicación llegó a existir. Llegó a presentarse y publicarse.
La startup, no.
No hay un día concreto que pueda señalar y decir: «Aquí murió Meetgram». Muchos proyectos no terminan con una reunión solemne ni con una decisión dramática. Simplemente van perdiendo energía. Las reuniones se espacian, las versiones dejan de llegar y aquello que iba a ser el principio empieza a parecerse al final.
Meetgram me dejó una diferencia que entonces todavía no entendía bien: publicar una aplicación no significa haber construido una empresa.
Puedes tener código, una marca, una presentación y un producto descargable. Todavía te faltan la distribución, el modelo de negocio, la coordinación, el tiempo y la voluntad de seguir empujando cuando la emoción inicial ya ha desaparecido.
Habíamos conseguido terminar la aplicación. No habíamos conseguido construir todo lo que debía existir alrededor de ella.
Otra vez, el proyecto no llegó a ser lo que prometía.
Y otra vez, algo permaneció.
Después de LeadPost sabía que podía construir una plataforma. Después de Meetgram entendía un poco mejor que construir algo y conseguir que sobreviva son trabajos distintos.
Ópalo: tener audiencia no significa tener una academia
En 2019 llevaba más de un año publicando vídeos sobre programación en YouTube. El canal había crecido y empecé a pensar que quizá podía transformar todo aquel contenido en algo más estructurado.
Preparé un curso de JavaScript para Udemy, registré la marca KodingPerfect y, poco después, lancé Ópalo, una academia para aprender desarrollo web desde cero.
Esta vez hubo algo que no había tenido en los proyectos anteriores: personas que pagaban por utilizar lo que había creado.
Ópalo tuvo alumnado. Hubo inscripciones, ingresos y una formación real. Durante el confinamiento lancé también un curso gratuito de introducción al desarrollo web. Más adelante incluso migré parte de la infraestructura a otra plataforma.
Por eso me cuesta llamar a Ópalo un fracaso.
No fue una idea que se quedó en una libreta. No fue una web vacía esperando usuarios. Funcionó durante un tiempo.
Pero tampoco llegó a convertirse en la academia estable que yo había imaginado.
Tener una audiencia me había permitido ponerla en marcha, pero no garantizaba que pudiera sostenerla. Crear vídeos, preparar cursos, mantener una plataforma, acompañar al alumnado y construir un negocio educativo eran actividades relacionadas, aunque no eran el mismo trabajo.
Ópalo me enseñó a pasar de explicar cosas sueltas a diseñar una formación con principio, recorrido y resultado. También me obligó a pensar en la experiencia de una persona que no solo consume un vídeo, sino que confía en ti para aprender.
Ópalo no llegó a consolidarse como un proyecto permanente.
La forma de enseñar que tuve que desarrollar para construirla sí.
No todos fracasaron de la misma manera
Si utilizo la definición más simple, los tres proyectos fracasaron.
LeadPost no se convirtió en la plataforma de arquitectura que imaginábamos.
Meetgram no se convirtió en una startup.
Ópalo no se convirtió en una academia duradera.
No necesito cambiarles el nombre para sentirme mejor. Tampoco quiero convertir cada derrota en una historia motivacional donde, en realidad, todo salió bien.
No salió bien.
Invertimos tiempo en cosas que terminaron. Construimos productos que dejaron de utilizarse. Algunas ideas estaban incompletas y otras necesitaban un nivel de continuidad que no supimos o no pudimos mantener.
Pero hay distintas formas de medir un proyecto.
Está lo que construyes.
Está lo que consigue sobrevivir.
Y está aquello en lo que te conviertes mientras intentas que sobreviva.
LeadPost fracasó como empresa, pero me enseñó desarrollo web.
Meetgram fracasó como startup, pero me enseñó que una aplicación no es un negocio.
Ópalo no se consolidó como academia, pero me enseñó a convertir conocimiento en una experiencia formativa.
Ninguna de esas cosas garantiza que el tiempo estuviera bien invertido. Hay proyectos que simplemente salen mal y punto. No hace falta encontrar una lección brillante en cada carpeta abandonada.
Pero tampoco creo que el único proyecto válido sea el que dura para siempre.
Lo que queda
A veces una idea fracasa en el lugar en el que la habías puesto, pero reaparece años después en otra parte.
No como una segunda oportunidad para el mismo producto.
Como una habilidad.
Como una forma de pensar.
Como la seguridad de saber que ya construiste algo parecido una vez.
Si eliminara de mi historia todos los proyectos que no llegaron a consolidarse, también tendría que eliminar una parte importante de lo que aprendí a hacer.
No puedo llamar éxitos a LeadPost, Meetgram y Ópalo en el sentido que tenían cuando los empezamos.
Pero tampoco puedo llamarlos fracasos sin borrar todo lo que construyeron en mí.
Quizá la pregunta no sea únicamente si un proyecto sobrevivió.
También qué quedó en ti cuando dejó de hacerlo.
