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Hace unas semanas quedé con una persona a la que no veía desde hacía años. Tomamos algo, nos pusimos al día y hablamos durante bastante tiempo.

Al volver a casa pensé que había estado bien. La conversación había sido agradable, nos habíamos reído y habíamos hablado de trabajo, de cambios y de todo lo que había ocurrido durante el tiempo que llevábamos sin vernos.

Pero, al repasar mentalmente la conversación, apareció una sensación un poco incómoda: creo que había hablado más yo que ella.

No había monopolizado la conversación de una forma evidente. No la había interrumpido ni había ignorado lo que me contaba. Había hecho preguntas, esperado a que terminara y prestado atención.

Al menos, técnicamente.

Porque cada vez que me contaba algo, mi cabeza encontraba una experiencia propia relacionada. Una historia, una anécdota, algo que yo también había vivido o pensado. Y entonces lo contaba.

No creo que lo hiciera por falta de interés. Más bien al contrario. Quería conectar, demostrar que entendía lo que me estaba diciendo y que había algo en común entre los dos.

Pero las intenciones y los resultados no siempre coinciden. Sin darme cuenta, estaba utilizando muchas de las cosas que la otra persona me contaba como una puerta para volver a hablar de mí.

La interrupción que no se nota

Hay una forma de no escuchar que cumple perfectamente todas las normas de la buena educación. No cortas a la otra persona, la miras mientras habla, asientes y esperas tu turno.

El problema es que, mientras tanto, tu cabeza ya se ha ido. Está buscando la anécdota adecuada o intentando recordar aquella vez en la que te ocurrió algo parecido. La otra persona todavía está hablando, pero tú ya estás preparando lo que contarás cuando termine.

No la estás interrumpiendo por fuera. Pero sí por dentro.

Y creo que esto me pasa más de lo que me gustaría reconocer. Puede que la historia que tengo preparada sea buena, esté relacionada e incluso ayude a que la otra persona se sienta comprendida. Pero también puede cerrar demasiado pronto lo que estaba intentando contarme.

La historia que no conté

Días después estaba teniendo otra conversación. La otra persona me hablaba de su trabajo, de sus proyectos y de algunas decisiones que estaba tomando.

Mientras la escuchaba, se me ocurrió una experiencia mía que encajaba perfectamente. Sabía cómo empezarla, qué parte iba a contar e incluso la conclusión que podía sacar de ella.

Y entonces hice algo bastante pequeño: no la conté.

En lugar de eso, hice otra pregunta. La otra persona siguió hablando.

No ocurrió nada espectacular. No apareció una confesión inesperada ni descubrí una verdad oculta. Simplemente, la conversación continuó siendo suya durante un poco más de tiempo.

Y me di cuenta de algo que parece obvio, pero que yo no estaba haciendo: para demostrar que entiendes a alguien no siempre necesitas contarle algo sobre ti. A veces basta con intentar entender un poco más.

Hay historias que abren y otras que sustituyen

No creo que compartir experiencias propias sea malo. Una conversación en la que una persona solo pregunta y la otra solo responde puede parecer una entrevista. Contar algo de nosotros también crea intimidad y puede hacer que alguien se sienta menos solo.

El problema aparece cuando se convierte en una reacción automática. Cuando cada experiencia de la otra persona necesita una experiencia nuestra equivalente. Cuando alguien empieza hablando de su vida y, unos segundos después, estamos hablando de la nuestra.

Quizá la diferencia esté en lo que ocurre después.

Hay historias propias que abren la conversación: ayudan a que la otra persona continúe, le dan confianza y crean un espacio compartido. Y hay otras que la sustituyen, aunque no tengamos esa intención.

La necesidad de tener algo que aportar

Creo que parte de mi problema es que me gusta sentir que tengo algo útil que decir: una experiencia, una opinión, una solución o una conexión interesante.

Hacer una pregunta más significa aceptar que, durante unos minutos, quizá no tengo que aportar nada. Que no necesito demostrar que entiendo ni ser interesante. Que la conversación no tiene que pasar continuamente por mí para que yo siga formando parte de ella.

Contar una historia propia da seguridad. Sé dónde empieza, hacia dónde va y qué quiero decir con ella. Una pregunta, en cambio, abre un territorio que no controlo. Puede llevar la conversación a un lugar que no esperaba, provocar un silencio o dejarme sin una respuesta brillante.

Pero quizá escuchar tenga precisamente algo de eso: tolerar que no sabemos hacia dónde va lo que la otra persona está intentando contarnos.

Una pregunta más

Últimamente intento hacer una cosa muy sencilla. Cuando alguien me cuenta algo y aparece inmediatamente una historia propia en mi cabeza, no la cuento todavía. Espero un poco y hago una pregunta más.

No siempre. No quiero convertir cada conversación en un interrogatorio. Hay ocasiones en las que compartir mi experiencia sigue siendo lo más natural.

Pero otras veces, después de esa pregunta adicional, la historia que tenía preparada deja de parecer tan importante. A veces incluso la olvido. Y no pasa nada.

La conversación no pierde nada porque yo no haya contado todo lo que podía contar. Quizá gana algo: un poco más de espacio, un poco más de atención y la posibilidad de que la otra persona termine una idea que yo habría cerrado demasiado pronto.

Todavía no sé escuchar especialmente bien. Sigo encontrándome preparando respuestas mientras alguien habla y sigo teniendo el impulso de conectar cada cosa con mi propia vida.

Pero ahora, al menos, empiezo a reconocer ese instante en el que tengo una historia perfecta para contar. Y puedo elegir: contarla o dejarla para otro día.

Porque quizá escuchar no sea quedarse sin nada que decir. Quizá sea aceptar que no todo lo que podemos decir necesita ser dicho ahora.

Y que, a veces, la parte más honesta de una conversación es la historia que decidimos no contar.

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