Hay imprevistos que no se sienten como un problema.
Se sienten como una espera.
Como estar en un sitio del que no puedes salir todavía,
sin saber exactamente cuánto queda.
Mirando una pantalla que no te da respuestas.
No es grave.
Pero tampoco es cómodo.
Y lo aceptas.
Porque hay cosas que simplemente pasan.
Lo que no esperas es lo siguiente.
Cuando intentas resolverlo,
cuando explicas la situación,
cuando pides un mínimo de comprensión…
te encuentras con un no.
No agresivo.
No maleducado.
Frío.
Y ahí cambia todo.
Porque ya no estás lidiando con un problema.
Estás lidiando con una persona.
Y te das cuenta de algo incómodo:
no todo el mundo puede permitirse ser comprensivo.
No era una situación excepcional.
Era una de esas en las que alguien podría haber hecho un pequeño gesto.
Y decidió no hacerlo.
Las normas no son el problema.
Son una excusa perfecta.
Porque cuando todo está definido,
nadie tiene que decidir.
Nadie tiene que asumir nada.
Nadie tiene que ponerse en el lugar del otro.
Y claro, así es más fácil.
No hay dudas.
No hay riesgo.
No hay empatía.
Pero eso también se nota.
Se nota cuando alguien podría hacer algo…
y decide no hacerlo.
Se nota cuando el sistema permite ayudar,
pero la persona elige no salir de él.
No me molestó el dinero.
Ni el tiempo perdido.
Me molestó descubrir lo barata que puede ser la compasión
cuando hay una pantalla de por medio.
Porque al final no va de normas.
Ni de políticas.
Ni de condiciones.
Va de personas.
Y de lo que hacen cuando tienen margen para elegir.
Y entonces aparece otra duda.
¿cuántas veces podría haber hecho algo… y simplemente no lo hice?